
A esta edad la muerte llega sin arrepentimientos, sin sustos ni sorpresas.
Ya en las noches, cuando soy vìctima del sueño y no soporto tener ni un minuto màs los pàrpados abiertos, la siento entrar en mi habitaciòn y acostarse a mi lado, como si le excitara escuchar mi respiraciòn, como si el verme dormido le calmara esa sed que tiene de arrebatar la vida, de dejar a la sombra clavada en la pared desahuciada.
Muchas veces me levanto al filo de la madrugada a esperar y muchas veces, como hoy, sigo esperando que se canse de observarme y me hable, o muestre alguna señal de vida, que ironìa.
Acudo a los libros, que hacen mucho màs corta la espera o a los medicamentos que estàn en mi burò, con la esperanza falsa de tomarme el equivocado o la dòsis incorrecta para de èste modo, retar a mi acompañante nocturna a hacer de las suyas, pero ella ni se mueve, pareciera como si no le importara mi desesperaciòn por morirme, por querer ser su amante inmortal.
Sentado en la orilla de la cama, con la luz encendida, miro a mi alrededor y busco algùn detalle que me remonte a un viejo recuerdo, un aroma, una cara, o algùn desdèn; los labios de las mujeres que he besado, las palmas de las manos que me han abofeteado.
Trato de mantener mi mente ocupada, pero a veces se me acaban los recuerdos y no tengo ya instantes a los cuales recurrir.
Apago la luz, me vuelvo a acostar y me duermo escuchando la respiraciòn de la muerte o la mìa, que a estas alturas es difìcil saber cuàl es cuàl.

1 comentario:
Uff!! Supongo que sabías que me ibas a hacer llorar...
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