Me he buscado en todos los cielos,
en las profundidades del infinito,
en la hegemonía del mundo, y todo me sabe a pecado, a hiel.
Jesucristo bebió hiel en la cruz,
¿Por qué no la hemos bebido todos?
En el vaivén de los días, miro mi reflejo estrellado en los charcos de esta ciudad malparida,
sigo buscando el perdón, la tranquilidad que te da el estar,
el sólo estar.
Estos cielos de nadie que se han cansado de sonreir
siguen nublados, y he perdido la cuenta del tiempo,
de los ventarrones que los han azotado.
En esta búsqueda interminable,
me he topado con la caricia de Dios y la sonrisa complaciente del Diablo,
con los convictos a cadena perpétua, los locos invadidos de locura que deseo
para entender esta realidad.
Asisto con frecuencia a las cantinas, a los cementerios, al circo,
visito las neverías, las iglesias, siempre que no esté el cura en turno.
Me gusta salir a la calle, libre de brazos y gritar que la quiero aunque no esté presente.
Llorar a mis muertos, aunque sólo sea uno.
Me gusta buscar y buscar y sigo buscándome,
descubriéndome...
Aunque sé y me doy por enterado, que sólo en mis últimos cinco minutos
podré descubrir lo que nunca, tal vez, quise ver.
jueves, noviembre 23, 2006
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